Cuando el hombre salía de casa, solía dejar olvidado su smartphone, el mando a distancia de la puerta del garaje y las llaves del portal. ¡Maldita cabeza la suya!. La evolución le ayudó. Lo que antes eran apósitos escurridizos ahora formaba parte de de su flujo vital. Lo que necesitaba para conectarse, para manejarse por la vida, era ya una extensión de su cuerpo.

Los wearables y el camino por avanzar